La inteligencia artificial ha entrado a las universidades mexicanas con la velocidad de una promesa y con la fragilidad de una improvisación. 

Mientras las instituciones celebran la incorporación de herramientas automatizadas, la estructura académica que debería orientar su uso permanece débil, fragmentada y, en muchos casos, ausente.

La discusión pública suele instalarse en una lógica binaria. O se glorifica la inteligencia artificial como la gran revolución educativa del siglo XXI o se le condena como una amenaza apocalíptica para el pensamiento humano. Ambas posturas resultan insuficientes. El problema no es la tecnología en sí misma, sino la forma acelerada, acrítica y desarticulada con la que se está integrando al espacio universitario.

Más de la mitad de las universidades mexicanas carecen de cualquier normativa para abordar el uso de inteligencia artificial. La mayoría tampoco dispone de mecanismos para evaluar su impacto pedagógico. Sin embargo, el entusiasmo institucional avanza con rapidez. Se promueve el uso de plataformas generativas, se ofrecen cursos de capacitación y se incorporan herramientas automatizadas en tareas administrativas y académicas. La universidad contemporánea parece haber adoptado la innovación tecnológica antes de preguntarse qué tipo de formación humana desea preservar.

La tensión de fondo no es tecnológica, sino intelectual. Cada avance en automatización modifica la relación entre esfuerzo y conocimiento. La escritura, la lectura profunda, la capacidad de análisis y la reflexión crítica exigen tiempo, concentración y elaboración mental. La inteligencia artificial ofrece exactamente lo contrario. Inmediatez, simplificación y respuestas instantáneas. Allí radica el núcleo del dilema educativo contemporáneo.

https://www.milenio.com/opinion/gabriel-torres-espinoza/con-pies-de-plomo/la-universidad-que-deja-de-pensar