Airbnb no llegó a las ciudades como amenaza. Inicialmente llegó como promesa para compartir un cuarto, recibir visitantes, completar el ingreso familiar. Esa propuesta, amable y casi doméstica, fue útil para abrirle la puerta al negocio. Pero el modelo mutó. Hoy ya no se trata de economía colaborativa, sino de una infraestructura inmobiliaria orientada a extraer renta turística de la vivienda disponible.
La investigación de Quinto Elemento Lab, con datos de Inside Airbnb, muestra el tamaño del viraje. La plataforma opera en 1,455 municipios y existen más de 254 mil viviendas completas o parciales habilitadas como alojamiento temporal. Más grave aún es que 30 grandes anfitriones comerciales controlan 6,164 casas, departamentos y cuartos de hotel. No es el vecino que renta una habitación; son empresas, intermediarios e inmobiliarias que administran portafolios como si la ciudad fuera un hotel disperso.
Puerto Vallarta concentra 13,822 espacios y en colonias como Hotelera Las Glorias y Amapas la proporción de viviendas convertidas en estancia corta ronda 45% y 42%. La ciudad turística deja de ser ciudad para sus habitantes y se rediseña como escenario de consumo temporal. Guadalajara, sede mundialista, ya supera los 6 mil espacios; en el Área Metropolitana el crecimiento confirma que el Mundial acelera la conversión habitacional.
Los casos pequeños revelan mejor la gravedad. En La Barca, 24 de 62 alojamientos pertenecen a un solo anfitrión. En Mazamitla, con 14 mil habitantes y 7,270 viviendas, se registran 1,874 Airbnb. Ahí la turistificación no es abstracción académica, es presión sobre el agua, alimentos, rentas, suelo y posibilidad de vivir donde antes se habitaba.
La discusión pública no debe reducirse a si Airbnb paga impuestos. Ese es apenas el piso mínimo. La cuestión central es si los gobiernos permitirán que la vivienda, reconocida como derecho, sea tratada como inventario turístico de alta rotación. Regular noches, exigir registros, limitar concentraciones y proteger zonas habitacionales no es hostilidad al negocio, es la defensa de la ciudad frente a su evidente captura.
Una plataforma que convierte casas en activos, barrios en catálogos y comunidades en paisaje para visitantes, margina de hecho el derecho a la vivienda.
https://www.milenio.com/opinion/gabriel-torres-espinoza/con-pies-de-plomo/turistas-adentro-vecinos-afuera
