Mientras miles de personas abren la llave y reciben agua amarilla, café o con olor a drenaje, el gobierno anuncia proyectos por 15 mil millones de pesos para ampliar la planta de Miravalle y construir un nuevo acueducto Chapala-Guadalajara. Son obras importantes. Pero el problema es otro. La pregunta que hoy hacen los ciudadanos es más simple y más directa. ¿Cómo pensar en la infraestructura del futuro cuando la del presente parece estar colapsando?
La explicación oficial insiste en que las lluvias sobrecargan las plantas potabilizadoras y arrastran contaminantes hacia el sistema. Seguramente es cierto. El temporal influye. Pero también es cierto que las lluvias llegan cada año. Lo extraordinario no es que llueva. Lo extraordinario es que una ciudad de más de cinco millones de habitantes parezca descubrir cada temporada que su infraestructura no está preparada para enfrentar algo tan previsible, y aún así siga autorizando desarrollos inmobiliarios y educaditos de departamentos.
Más de mil quinientos reportes por mala calidad del agua durante el primer trimestre de este año. Al menos ciento veinticinco colonias afectadas. Cerca de setecientas cincuenta mil personas potencialmente impactadas. Noventa quejas formales ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos.
Lo más preocupante es que, a pesar de los cambios de directivos, las comparecencias legislativas, los recursos extraordinarios y las explicaciones oficiales, sigue faltando lo esencial. Un diagnóstico técnico, público y verificable que permita conocer con precisión qué está ocurriendo en las fuentes de abastecimiento, en las plantas potabilizadoras, en los tanques de almacenamiento y en la red de distribución.
Los especialistas advierten que el problema no nació este año. Es el resultado de décadas de abandono, contaminación y mantenimiento insuficiente. Por eso resulta difícil aceptar que todo se reduzca a las lluvias.
La política suele enamorarse de las obras monumentales. Cortar listones produce más réditos que limpiar tanques, rehabilitar redes o contener descargas contaminantes. Pero la ciudadanía no bebe anuncios. Bebe agua. Y cuando el agua sale turbia, maloliente o simplemente no sale, la discusión deja de ser sobre infraestructura. Se convierte en una cuestión de confianza.
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