Durante décadas, la familia y la escuela compartieron la formación de las nuevas generaciones
La discusión sobre el uso de los teléfonos celulares en las escuelas ha comenzado a ocupar el centro del debate público. Sin embargo, reducir el problema a la presencia o ausencia de un dispositivo en el salón de clases, equivale a discutir la sombra mientras se ignora el objeto que la proyecta. El verdadero debate no es si los celulares deben entrar o salir de las escuelas. La discusión consiste en quién está educando hoy a nuestros hijos.
Durante décadas, la familia y la escuela compartieron la formación de las nuevas generaciones. Los padres transmitían valores. Los maestros desarrollaban conocimientos. Los amigos contribuían a la socialización. Hoy ese equilibrio se ha alterado por un actor silencioso que nunca fue invitado a participar en esa tarea y que, sin embargo, ocupa cada vez más espacio. Los algoritmos.
Las plataformas digitales ya no sólo distribuyen información. Seleccionan lo que vemos, moldean nuestras emociones, anticipan nuestros intereses y condicionan nuestras decisiones. No buscan formar ciudadanos. Buscan capturar atención. Mientras más tiempo permanezca un menor frente a la pantalla, más exitoso resulta el modelo de negocio que sostiene a las grandes empresas tecnológicas.
Por eso resulta revelador que cada vez más adolescentes recurran a la Inteligencia Artificial para hablar de sus emociones, pedir consejos personales o buscar respuestas que antes encontraban en un maestro, un padre, un amigo o un profesional de la salud mental. No se trata de demonizar una herramienta extraordinaria. La Inteligencia Artificial puede convertirse en un aliado formidable para aprender, investigar o potenciar capacidades. El problema aparece cuando sustituye relaciones humanas que ninguna tecnología puede reemplazar.
Si un adolescente encuentra más escucha en un algoritmo que en su propia familia, el fracaso no es de la Inteligencia Artificial. Es de nuestra sociedad. Prohibir teléfonos en las escuelas puede disminuir distracciones durante algunas horas del día. Pero difícilmente resolverá un fenómeno que acompaña a niñas, niños y adolescentes desde que despiertan hasta que se duermen. La verdadera batalla no se libra sólo en el aula, sino en el ecosistema digital que invade la vida cotidiana.
La respuesta tampoco puede consistir en regresar a una escuela desconectada del mundo. Sería un contrasentido en una sociedad donde el acceso a las tecnologías constituye un derecho, y donde las competencias digitales de los jóvenes determinarán buena parte de las oportunidades profesionales del futuro. La tarea consiste en enseñar a utilizar positivamente la tecnología en la educación, sin convertirse en rehén.
Cada generación ha enfrentado desafíos distintos. La nuestra enfrenta uno inédito. Por primera vez en la historia, la educación de millones de jóvenes compite todos los días contra sistemas diseñados para conocer mejor sus hábitos, emociones y debilidades que muchos de los adultos que los rodean. Decidamos quién educa.
Por Gabriel Torres Espinoza
https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2026/8/14/educados-por-algoritmos-868536.html
