La muerte de Jürgen Habermas cierra la vida de uno de los grandes filósofos del siglo XX y lo que va del XXI. Habermas dedicó buena parte de su obra a defender la idea de que la legitimidad democrática no nace de la imposición, ni del dinero, ni de la fuerza administrativa, sino de la posibilidad de que prevalezca el mejor argumento.

No se trata de una queja nostálgica contra la modernidad, ni del lamento de un académico reacio a la tecnología. Se trata de una objeción de fondo. Cuando la comunicación deja de organizarse en torno al intercambio razonado y se subordina a la rentabilidad, el debate público se deforma. El ciudadano deja de ser interlocutor y se convierte en consumidor. La conversación deja de ser un espacio para deliberar y se vuelve mercancía que compite por atención.

Habermas entendió muy pronto que el capitalismo no solo produce bienes. También coloniza el lenguaje, invade el entendimiento mutuo y desplaza la racionalidad pública por los imperativos del dinero y del poder. En Teoría de la acción comunicativa formuló precisamente esa preocupación. El problema no era únicamente económico. Era civilizatorio. Si las lógicas del mercado penetran los espacios donde una sociedad se explica a sí misma, entonces la vida democrática empieza a vaciarse desde dentro. Quedan las formas, pero se pudre el contenido. Quedan los micrófonos, pero no la conversación. Quedan las plataformas, pero no el espacio público.

En su reflexión más reciente sobre el nuevo cambio estructural de la esfera pública, Habermas advirtió que las redes sociales y los medios digitales, aunque empoderaron a los usuarios, socavan la posibilidad de una opinión pública compartida por su propia arquitectura algorítmica. Las llamadas ‘burbujas informativas’ y las ‘cámaras de eco’ no son un accidente menor del entorno digital. Son el modelo de negocio. El usuario no es conducido hacia el mejor argumento, sino hacia el contenido que maximiza permanencia, clics, reacción y rentabilidad.

Ahí reside una de las tragedias de nuestro tiempo. La revolución tecnológica que prometía democratizar la comunicación terminó sirviendo, en buena medida, a fines económicos antes que culturales. El propio Habermas lo dijo con claridad al lamentar que se tratara de la primera gran revolución de los medios orientada primordialmente por intereses económicos. En vez de ampliar un mundo común, muchas plataformas lo pulverizaron. En vez de enriquecer el juicio cívico, premiaron la emoción instantánea. En vez de ordenar una esfera pública más inclusiva, multiplicaron públicos encapsulados que ya no discuten entre sí, sino que apenas se observan con hostilidad.

Lo más grave es que esa fragmentación no solo deteriora la calidad del debate. Erosiona la base misma de la legitimidad democrática. Una democracia necesita contraste, por supuesto. Pero necesita también un terreno compartido donde el desacuerdo sea inteligible. Necesita reglas de comunicación reconocibles. Necesita hechos discutibles, no realidades paralelas blindadas por algoritmo. Habermas definía las redes como espacios semiprivados y semipúblicos que confunden al ciudadano sobre las normas de comunicación que deben aplicarse. El resultado es una conversación pública desfondada, donde lo emocional desplaza a lo racional y donde la indignación circula mejor que la razón.

El problema no es que existan muchas voces. El problema es que ya casi no existe un espacio donde esas voces se encuentren bajo condiciones mínimas de reciprocidad, contraste y argumentación. Lo que se ha mercantilizado no es solo la información. También se ha mercantilizado la atención, la visibilidad y, en buena medida, la propia posibilidad de construir una verdad pública provisional.

Habermas insistió en algo que hoy suena casi subversivo. La razón no se agota en su dimensión instrumental. Su forma más alta aparece cuando personas libres e iguales intentan entenderse públicamente. Esa convicción, que parece abstracta, es en realidad una defensa radical de la democracia. Porque una sociedad donde ya nadie busca convencer, sino solo viralizar, manipular o destruir, podrá tener conectividad infinita, pero habrá perdido el lenguaje de la convivencia democrática.

https://www.milenio.com/opinion/gabriel-torres-espinoza/con-pies-de-plomo/la-advertencia-de-habermas-sobre-la-dictadura-del-clic