En la Zona Metropolitana de Guadalajara está ocurriendo algo más grave que una simple falla en el transporte colectivo. Lo que estamos viendo es la renuncia silenciosa de miles de personas a seguir usándolo. Y eso, en cualquier ciudad que se pretenda seria, tendría que asumirse como una señal inequívoca de fracaso.
Durante años se ha insistido en hablar de ampliaciones, de nuevas rutas, de más unidades, de obras que supuestamente modernizan la movilidad. Pero la experiencia cotidiana desmiente ese discurso. Si la oferta aumenta y los usuarios se van, entonces el problema nunca fue sólo de infraestructura. El problema está en la pésima experiencia de viaje que se le impone todos los días a la población. Un transporte impuntual, inseguro, incómodo y cada vez menos confiable, no puede seguir presentándose como una alternativa real.
Lo que sucede después es todavía más revelador. La gente no abandona el transporte público por capricho, sino por hartazgo y necesidad. Lo deja porque no puede jugarse todos los días la llegada al trabajo, la entrada a clases o el regreso seguro a casa. Lo deja porque vivir sometido a la incertidumbre también desgasta.
Por eso el crecimiento acelerado del parque vehicular, sobre todo de las motocicletas, no debería celebrarse como signo de dinamismo económico ni de modernización. Es, en muchos casos, la prueba de una derrota del transporte masivo. Cada moto que se compra por necesidad retrata a un usuario que concluyó que el transporte colectivo ya no le resolvía la vida. No compra seguridad ni bienestar. Compra una salida desesperada, aunque esa salida implique poner el cuerpo en riesgo todos los días.
Lo mismo ocurre con el aumento de autos usados de baja calidad. Mucha gente no los adquiere por estatus, sino porque incluso un vehículo precario parece ofrecer más control que un sistema de transporte incapaz de respetar el tiempo de sus usuarios. El mensaje es atroz. Para miles de personas en Guadalajara, una moto riesgosa o un auto viejo resultan más confiables que el transporte que debería garantizar su derecho a la movilidad.
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Y ahí está el fondo del problema. La ciudad ha normalizado una lógica miserable según la cual cada quien debe salvarse como pueda. Con ello, fracasa la idea misma de ciudad.
https://www.milenio.com/opinion/gabriel-torres-espinoza/con-pies-de-plomo/la-derrota-del-transporte-colectivo?
