La prueba iguala la edad, pero no las condiciones educativas acumuladas. Después, esas diferencias terminan comprimidas en un número que aparenta exactitud
La prueba PISA tiene valor. Permite observar tendencias, identificar brechas y comparar grandes patrones de desempeño entre sistemas educativos. Una cosa es comparar y otra explicar. La prueba puede mostrar que un país obtuvo menos puntos que otro. No puede decir, por sí sola, por qué ocurrió, qué política produjo ese resultado ni cuál reforma debería corregirlo. Ahí comienza la exageración.
PISA no examina a todos los jóvenes de un país, ni todos responden exactamente las mismas preguntas. Trabaja con muestras, diseños matriciales y estimaciones psicométricas. En México, además, representa a una parte de la población de 15 años que permanece dentro del universo escolar elegible. Quienes quedaron fuera del sistema también quedan fuera de la fotografía. Y no es un detalle menor, justo cuando la exclusión escolar se concentra entre los sectores más vulnerables.
Tampoco todos los estudiantes de 15 años han tenido la misma trayectoria escolar. Algunos cursan grados distintos, han repetido, ingresaron tarde o sufrieron interrupciones. La prueba iguala la edad, pero no las condiciones educativas acumuladas. Después, esas diferencias terminan comprimidas en un número que aparenta exactitud.
El ‘ranking’ añade otra entelequia. La propia metodología reconoce márgenes de error e intervalos de confianza. Dos países separados -por unos cuantos puntos- pueden no ser estadísticamente distintos. Sin embargo, el debate público la transforma en lugares de una clasificación, como si fuera una tabla de futbol.
PISA encuentra asociaciones, no demuestra causalidad. Si los alumnos que usan moderadamente inteligencia artificial obtienen mejores resultados, eso no significa que la IA causa la mejora. Si un país cambia de currículo y después sube o baja puntos, tampoco puede concluirse que la reforma produjo ese movimiento. PISA observa. No experimenta.
Y mide sólo una parte de lo que entendemos por educación. Lectura, matemáticas y ciencias son fundamentales, pero no agotan la formación de una persona. Ciudadanía, creatividad, cultura democrática, pensamiento ético, convivencia o sensibilidad artística difícilmente caben en una puntuación internacional.
Una medición parcial, adquiere autoridad de diagnóstico total. Entonces una estimación estadística se convierte en sentencia, un ranking sustituye al análisis y una correlación termina disfrazada de explicación. Así, la política educativa encuentra en PISA una cómoda coartada tecnocrática para justificar reformas, repartir culpas o presumir avances que la propia prueba NO puede demostrar.
PISA puede ser un buen termómetro. El abuso es que se lea como radiografía, diagnóstico, expediente clínico y receta al mismo tiempo. Gobernar la educación desde una tabla de posiciones no es evidencia, es simplificación con apariencia ‘científica’. Y quizá ese sea el riesgo mayor de PISA. No lo que mide, sino la autoridad desmedida que concedemos a todo aquello que simplemente puede convertirse en un número.
https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2026/9/11/pisa-sin-pedestal-886069.html
