El llamado Plan “B” de la reforma electoral no nació de la convicción, sino de la necesidad. Es la corrección obligada de una negociación posible. La propuesta presidencial buscaba reducir financiamiento público, adelgazar estructuras y modificar las reglas de representación. En el discurso, todo sonaba impecable. Menos dinero a partidos, menos costo electoral, menos privilegios. Pero en la operación real, la reforma entraba a la zona sagrada de los partidos satélite. Porque el PT y el Verde no viven de la épica ni de la militancia. Viven, sobre todo, de su utilidad electoral y del rendimiento político de las listas, de las posiciones, de las cuotas y de la capacidad de cobrar caro su acompañamiento.Lo que vino después fue la negociación. Morena tuvo que tragarse la idea de que no bastaba con tener a la Presidenta, ni con el impulso del triunfo electoral, ni con la superioridad moral del discurso. Había que sentarse con sus aliados y ofrecerles una salida. De ahí nace el “Plan B”. Una versión posible, más táctica y, sobre todo, menos peligrosa para los intereses oligárquicos del PT y del PVEM.El nuevo planteamiento ya no pone en el centro aquello que detonó la rebelión. Se mueve hacia terrenos más vendibles y menos letales. Topes al gasto de congresos locales y ayuntamientos, reducción de regidores, ajustes salariales, consulta popular en temas electorales y una revocación de mandato adelantada. Es decir, una agenda que conserva el lenguaje de la austeridad, pero evita meter el bisturí donde los aliados sienten dolor real.El apoyo del Verde y del PT no debe leerse como un acto de adhesión doctrinal. Es, simple y llanamente, un acuerdo de conveniencia. Morena entendió que una coalición no se conduce por decreto. Y sus aliados recordaron que tampoco les conviene exhibir a una Presidenta aislada frente a su propia mayoría.Ese es el verdadero contenido político del Plan “B”. No una reforma de fondo, sino una reforma posible. No una victoria del ideal transformador, sino un pacto de supervivencia entre socios que se necesitan, pero que desconfían entre sí. La escena deja una lección elemental. En México, incluso dentro del bloque gobernante, la austeridad siempre es una causa, mientras no toque el negocio y el botín de nadie.